Semillas de prevención de adicciones en la infancia

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La infancia es una de las etapas más olvidadas en la prevención de adicciones. De hecho, decir en la misma frase adicciones e infancia suele generar rechazo. Todavía existe un discurso extendido en el que se justifica que hablar de adicciones demasiado pronto les puede generar curiosidad. Esta idea, está impregnada de una simplificación de lo que es la prevención de adicciones, entendiéndolo aún como «una charla de drogas». Pero es que hacer prevención no es solo hablar de drogas, hacer prevención quizá no tiene como objetivo ÚNICO Y FINAL evitar un futuro consumo de sustancias o una conducta adictiva. Podemos comenzar a ampliar esta visión y comprender que hay multitud de factores que influyen tanto en el inicio como en el desarrollo de las adicciones, y que muchos de estos factores se desarrollan en la infancia.

Ya se ha comentado en otros artículos, que la adolescencia es una etapa crucial para estas cuestiones, entre otros motivos porque la persona comienza a desarrollar las bases de lo que quiere que sea su propia personalidad, pero estas bases vienen de un proceso que ha comenzado a construirse desde el inicio de su vida. Por eso, dejo aquí unas pequeñas semillas que pueden plantarse desde la infancia, que pueden interpretarse incluso como necesidades emocionales y sociales a las que atender en general, no solo relacionadas con las adicciones; pero ya sabéis que en este espacio lo relacionaremos con las conductas adictivas.

  • Generar espacios de comunicación y confianza

Vivimos en una sociedad basada en el adultocentrismo, algo que afecta tanto en la infancia como en la adolescencia, lo que tiene como una de sus consecuencias, que los niños y niñas sientan que no tienen espacios para hablar o que si los tienen, lo que digan no importa porque «están hablando los mayores». Esto, unido a otras situaciones repetidas, puede poner el primer ladrillo de un muro de incomunicación que se termine de construir en la adolescencia.

En general, la vida de las personas adultas va con prisas y obligaciones, lo que puede nublar nuestra lista de prioridades, por eso, un buen ejercicio, es crear un espacio de comunicación estable, tranquilo, en que el tiempo y la atención se dedique únicamente a la escucha, sin interferencias. Por ejemplo, puede que al empezar el día, en el desayuno, decidamos hablar de cómo queremos que sea nuestro día o que antes de que se duerman, hablemos de cómo les ha ido. Establecer esto como rutina, con constancia, día a día, puede ofrecerles la idea de que tienen un espacio en el que hablar y van a ser escuchados. Quizá al llegar a la adolescencia, estos espacios se difuminen, pero la semilla se ha plantado y les hemos aportado una herramienta que pueden usar si la necesitan o si les apetece. Por supuesto, este no es un espacio de obligatoriedad, sino libre para hablar o no hablar, y por supuesto, libre de juicios de lo que se diga y alejado de las presiones del día a día.

Cuando hablo de confianza, hablo de un vínculo seguro sobe el que construirse y situarse en el mundo, como la primera piedra de un edificio. Es generar espacios de comunicación, crear vínculos seguros y potenciar una conciencia crítica. Estos espacios, por supuesto no pueden estar exentos de juicio de valor, si somos personas adultas de referencia, o al menos no siempre deberían estarlo; pero el juicio de valor no tiene que ver con el juicio a la persona. Quiero decir, que podemos hablar y reflexionar desde bien peques acerca de cualquier situación y juzgarla desde diferentes prismas, pero siempre juzgando la circunstancia, no la persona. Este mensaje, de alguna manera, refuerza la autoestima y da la oportunidad de sentir que pueden pensar, hablar y opinar sobre las cosas, y que aunque lo que nos cuenten sea debatible, su integridad nunca será juzgada y su identidad nunca será dañada.

  • Potenciar habilidades e intereses

Una de las situaciones más comunes que he observado atendiendo adolescentes, es que les cuesta identificar qué les gusta y en qué ocupar su tiempo, ya sea en solitario o en grupo, en casa o en la calle. Esto, puede ser un factor de riesgo para el consumo (por supuesto no determinante), ya que el parque y el barrio siempre están, o para otras conductas adictivas, el móvil y el ordenador/consola, siempre están. De hecho, puede que los niños y niñas, tengan aficiones e incluso acudan a extraescolares durante años, pero al llegar la adolescencia, como parte de esa construcción de la personalidad, las abandonen: aún así es una semilla que plantar, algo a lo que atender.

Cuando hablo de desarrollar intereses no solo me refiero a las tan recurrentes «extraescolares» (que también), sino a poner la atención en plantar la semilla de la curiosidad, de la búsqueda de lo que quieren y les hace felices. En este sentido, desde mi perspectiva, potenciar, ofrecer y apoyar en la búsqueda de algo que tenga que ver con el arte, ayuda. Me explico: la pintura, el baile, la música, la escritura… son disciplinas que nos conectan con nuestras emociones, probablemente de una manera sana, y cuando en la adolescencia todas esas emociones explotan, es de agradecer tener un medio para expresarlas o un lugar donde volcarlas. Además, independientemente del ejemplo, no tiene que ver con los niños y niñas hagan algo, sino con la búsqueda, con saber que existen «lugares» que les hacen felices a donde trasladarse para sentirse bien.

  • Ofrecer modelos de ocio y porque no decirlo, de vida

El modelo que ofrecemos en general a las personas de las que somos referentes, siempre es importante. Es bien sabido que los primeros aprendizajes en la infancia se producen por imitación. Incluso diría que hay ciertos momentos en que las personas adultas podemos ser su única ventana al mundo, su único modelo de referencia de cómo actuar. Por tanto, cómo estas personas adultas utilizan su tiempo, de alguna manera enseña al niño o la niña como debe usar el suyo. Es complicado plantar semillas de prevención cuando el ocio de las personas adultas de referencia es ir de cañas cada fin de semana, única y exclusivamente. Y que conste que no se juzga esta opción de ocio, sino que sea la única. Pero lo cierto es que actualmente los niños y niñas están creciendo en una sociedad en la que el tiempo libre podría resumirse en «bares y Netflix»; o lo que es lo mismo: sustancias y pantallas. Por tanto, un núcleo social o familiar que amplíe estas opciones, que muestre diversas fuentes de diversión, e incluso, estilos de vida, siempre será un semilla para la prevención.

  • Trabajar el pensamiento reflexivo y la toma de decisiones

Una de las claves de crecer es «explorar la vida con la mayor seguridad posible», es decir, vivir experiencias por primera vez con la red de seguridad que puede proporcionarte tener unos límites marcados o un apoyo incondicional al lado. Diríamos por tanto, que estos primeros aprendizajes son un ensayo para la vida, desde unas condiciones seguras. 

¿Pero cómo se trabaja el pensamiento reflexivo en la infancia? Pues podemos empezar por explicarles lo que ocurre y por qué ocurre o el porqué de ciertas decisiones que tomamos las personas adultas (por su puesto no todo), aportándoles así el mensaje de que las cosas no son simples, de que hay razones detrás de cada circunstancia; y más importante aún, a medida que vayan creciendo y adaptado a su nivel madurativo, invitarles a que se pregunten los porqués, a que los busquen. En definitiva, hablar y escuchar, reflexionar y hacer reflexionar. Porque desde bien peques, los niños y niñas son personas pensantes y sus pensamientos y reflexiones tienen valor, por muy simples que nos parezcan a veces.

Por otro lado, la toma de decisiones también es algo a trabajar en la infancia, que probablemente tenga un gran impacto en la etapa adolescente, no solo relacionada con las adicciones, sino en general en su vida. Esto, en la infancia, tiene mucho que ver con «dejarles ser», ver qué quieren, y en algunas ocasiones que consideremos, no solo dejarles decidir sino invitarles a hacerlo. Desde con qué juguete quieren jugar, hasta qué columpio del parque usar. Y mucho más importante, dejarles vivir la experiencia de qué ocurre como consecuencia de su decisión. Es lo que yo llamo, «consecuencias naturales». Experimentar el proceso de elegir y a continuación ver qué pasa si hago esto en lugar de lo otro. A veces, es necesario dejarles que se caigan si han decidido subirse a un lugar con baches. Por supuesto, todo esto, como comentaba antes, aportando seguridad en el acompañamiento respetuoso. ¿Y qué tiene que ver esto con la prevención de adicciones? Pues desde mi punto de vista, el aprendizaje de que las decisiones tienen consecuencias, de que puedo valorar opciones antes tomar una decisión y de que en cualquiera de los casos, puedo tener una figura de apoyo si la necesito, son unas buenas semillas que plantar.

  • Sistema de valores y empatía

Cada núcleo familiar o social, tiene un sistema de valores establecido, que en mayor o menor medida, rige su día a día. Quizá este sea uno de los aspectos que más se transmiten de generación en generación. Lo que en el núcleo de referencia está bien o está mal, a partir del cual, en la adolescencia se empieza a construir el propio. El sistema de valores tiene un gran peso para definir quiénes somos, y además en la adolescencia cobra una fuerza de «seña de identidad». Lo que me parece justo o injusto o lo que me parece aceptable o no. En este sentido, no quiero caer en moralismos, ni hablar de malas y buenas personas porque no creo en esa clasificación. Cada sistema de valores es respetable, pero sobretodo debemos intentar transmitir uno concreto y que sea claro. Porque esto construye los límites del camino por el que se comienza a andar en la infancia, y no hay nada más importante en esa etapa que tener un camino, saber por dónde puedo avanzar y qué me hace retroceder, aportando además así seguridad y autoestima. Este camino puede ir modificándose a medida que se madura y se crece, pero siempre debe estar presente.

Por otro lado, poder transmitir a los niños y niñas que las personas adultas de sus vidas intentamos comprenderles y no solo eso, sino que en muchas ocasiones a partir de esa comprensión nos hacemos cargo y recogemos esas emociones, refuerza la idea de que tienen espacios de desahogo, de que están acompañados y acompañadas emocionalmente en el mundo; y sinceramente, esta es una semilla que si consigue florecer, contribuirá de alguna manera, no solo a la prevención de futuras adicciones, sino a su bienestar emocional general, que también es un factor de protección frente al consumo.

 

Algunas reflexiones finales

Como hilo conductor de las propuestas, debo aclarar que todas ellas son semillas, semillas que podemos plantar y que luego no florezcan, o como digo siempre: «en adicciones todo son probabilidades». Por otro lado, cada circunstancia de la vida de las personas es distinta y por tanto se pueden aplicar de forma distinta; así como cada criterio individual es respetable.

Este artículo, solo pretende aportar pinceladas, derivadas de años de contacto con personas adolescentes y de una u otra manera con la infancia. Como siempre, es mi visión rayada, mi perspectiva; y por tanto susceptible de debatir. Porque rayarse, en el sentido que aquí se plantea, nos ayuda a crecer y aprender.

NOTA ACLARATORIA: En este artículo no habla de familias en concreto, o de padres o madres al uso, cada grupo social es distinto con unas características específicas, por tanto, coge lo que te sirva y lo que no, puedes obviarlo. La malentendida «normalidad» no existe.

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