La importancia de las palabras o cómo hablar de drogas en la adolescencia.

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En esta ocasión vamos a hablar de prevención. ¿Cómo se debe hablar de drogas en la adolescencia? ¿Qué decir y qué no decir? ¿Cómo decirlo? Afortunadamente hemos avanzado mucho en este tema, aunque quizá no lo suficiente.

La historia de la prevención de drogas está plagada de ideas de miedo, catastrofismo y tabúes. Atrás quedaron los anuncios de televisión cuyos mensajes, buscando impactar, nos decían que si te fumabas un porro el siguiente paso era pincharte heroína y robar por la calle. El problema es que cuando hablamos de drogas hay mucha polarización, o bien entra en juego la libertad de las personas para elegir, o bien el miedo que viene acompañado de la frase «las drogas son malas», sin aportar más información.

En primer lugar, decir que siempre se debería poder hablar de drogas con libertad, pero la información debe adaptarse al contexto y a las personas que las reciben. Me parece que son necesarios espacios para que los y las adolescentes puedan presentar sus dudas libremente, sin miedo a represalias o a ser juzgados. Lo que ocurre, es que cuando no existen estos espacios, al final recurren a internet o a fuentes no fiables para informarse, porque la necesidad de saber siempre ha estado y estará presente en esta etapa. Por tanto, es nuestra labor como sociedad, ofrecerles canales de información a los que acudir. Pero, ¿qué información les damos? ¿Cómo usar las palabras adecuadas para que esta información no solo llegue sino que les haga pensar? Vamos a dar algunas pautas acerca de cómo hablar de drogas en la adolescencia.

Aportar información real.

Vivimos en un mundo sobreexpuesto a la información, lo que no quiere decir que toda esta información sea real. Por norma general, la mayoría de la información que se recibe sobre drogas en la adolescencia proviene del grupo de iguales, de amig@s de amig@s que tienen experiencias o incluso de las propias vivencias con las sustancias. Además, es probable que en su entorno no haya personas adultas que les hayan hablado abiertamente de drogas. 

Por otro lado, en la mente de una persona adolescente, hablar de drogas con una persona adulta implica cierto miedo a represalias, juicios o castigos. Da igual el tono que se use, ese miedo está presente porque en su cabeza está el mensaje de «esto no se debe hacer, así que debo ocultarlo». Por tanto, uno de los primeros mensajes que debemos dar es «podemos hablar de esto».

Partiendo de esta base, es probable que a partir de sus dudas e inquietudes podamos ofrecerles una información veraz y objetiva.

No mentir ni exagerar

Lo primero es hablar del tema, sin juicios, sin restricciones. Soy de la opinión de que la información real ya es bastante potente como para adornarla, por lo que una de las normas que para mi son infranqueables es no mentirles nunca. En general, cuando una persona recibe información de drogas por primera vez ya tiene un conocimiento previo sobre el tema, ya sea por el entorno o por los medios de comunicación. Esto implica, que es fácil que se den cuenta si les mientes y pierdan la confianza para hacer preguntas. 

En mis años de experiencia con adolescencia, noto que cuando hablas de drogas por primera vez con alguien en esa edad, te analiza, busca saber si estás a favor o en contra. Tiene sentido, porque en esta etapa es más fácil entender todo desde los términos absolutos. Para mi, el mensaje que siempre hay que dar es: «no te voy a mentir» y «puedes preguntar lo que quieras porque no me voy a asustar».

Quizá la información que se les suele dar esta basada en «no quiero que consumas, así que te voy a meter miedo» y puede que el enfoque deba ser «esta es la información real, puedes tomar tus decisiones». Por supuesto, hay que informar siempre con la responsabilidad que implican los oídos que escuchan. 

Trabajar desde los efectos a corto plazo

Cuando hablamos de drogas en la adolescencia, es probable que caigamos en la tentación de explicarles las consecuencias a largo plazo y en la conversación puedan aparecer palabras como «cancer» o «esquizofrenia». Lo cierto es que se puede informar de estos efectos porque son reales, pero dejadme deciros una cosa: LES DA IGUAL. No lo ven cercano y creen que eso a ellos no les va a pasar. Entonces, ¿qué información podemos aportarles?. La más cercana a su realidad. Puede que nos echemos las manos a la cabeza pero a una persona adolescente le importa más el dinero que se gasta en porros a la semana que la posibilidad de un problema de salud mental. ¿Estas son sus preocupaciones? ¡Adaptémonos! Trabajemos la falsa idea de control, la invasión de la sustancia en su ocio o en sus relaciones sociales, o los efectos que ellos puedan observar en el primer año o seis meses de consumo, que también los hay. Porque cuando hablamos de drogas, es fácil irse a la meta final, pero es que también hay un camino hasta esa meta en el que se pueden trabajar la toma de decisiones, la motivación, la gestión emocional e infinidad de aspectos que son tan importantes como las consecuencias a largo plazo.

Desterrar de una vez por todas la frase de «las drogas son malas» como respuesta para todo.

Voy a criticar el eslogan más citado de la historia de la prevención de drogas. ¿Qué información aporta esta frase? Desde mi punto de vista, NINGUNA. Drogas: ¿cuáles?, ¿todas?, ¿por igual? Malas: ¿qué es eso? ¿qué significa malas? ¿físicamente, psicologicamente o a nivel social? Drogas como ente maligno indefinido que busca atraparte para que te enganches. Así es como yo lo veo. Es un slogan que no da pie a la pregunta, la reflexión o el diálogo, pilares básicos en la prevención de drogas. Es una frase que zanja y no deja escuchar lo que tienen que decir.

Con esto no quiero decir que no haya que dar información de riesgos o consecuencias, sino que me parece una frase propia de la estrategia del miedo. Quizá es más viable hablar de cada sustancia en concreto, aportar información más precisa y basada en su realidad. Es más fácil y práctico que entiendan por ejemplo que uno de los posibles efectos a corto plazo del consumo de cannabis es la falta de concentración. El problema es que queremos abarcarlo todo en una sola conversación. Porque cuando hablamos de prevención a todo el mundo se le viene a la cabeza la charla de drogas que te dan en tu clase del instituto, el anuncio de televisión con música de película de terror o la odiada conversación con tus padres. pero es que la prevención no es eso. La prevención es un proceso de acompañamiento, del que deben formar parte todos los agentes sociales a lo largo del tiempo; no es un evento puntual, o no debería serlo. 

La pregunta y la reflexión como idioma de la prevención.

Como nombraba al principio, la base de la prevención es la información sobre adicciones y sus posibles riesgos, pero no basta por sí sola. Para mi no hay prevención sin reflexión, sin análisis del contexto o de las características personales. Por otro lado, creo que es necesario hacer partícipes de los procesos preventivos a las personas interesadas, los y las adolescentes, por eso pienso que en este caso, el mejor lenguaje es la pregunta. Basta ya del «yo hablo, os cuento toda la información sobre drogas y si sobra tiempo me preguntáis». Convirtamos la prevención en un diálogo real y libre, en un espacio seguro. Hagamos millones de preguntas y escuchemos sus respuestas, escuchemos sus preguntas y construyamos las respuestas en conjunto. Sembremos la duda y acompañemos en el proceso. Pensemos juntos acerca del tipo de sociedad en la que vivimos y cómo esto influye en las adiciones. Escuchemos y validemos, porque no hay nada más preventivo que unos oídos que escuchan sin juzgar y unos ojos que miran con empatía. 

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