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Vivimos en un mundo tecnológico. Los móviles han llegado para quedarse y formar parte de todas las áreas de nuestra vida. Son nuestro teléfono y nuestro despertador, pero debemos asumir que sus funciones no son solamente útiles, sino que además ha empezado a suplir algunas de nuestras necesidades emocionales y sociales. Y digo suplir, no complementar.

En algunos casos, usar el móvil se ha convertido en una red de seguridad con la que «siempre podemos contar» porque siempre lo llevamos encima. Es un comodín al que nos hemos agarrado en todo tipo de situaciones: tiempos de ocio, situaciones incómodas o momentos en los que sintamos algo de inseguridad.

Esto es algo que ha ido sucediendo poco a poco a nivel global sin apenas darnos cuenta y en todos los grupos de edades de la población. Lo que ocurre, es que las características propias de la adolescencia, hacen que la relación con el móvil o el mundo online tengan unas especificidades que me parece interesante analizar.

Voy a partir de la idea de que en términos generales le hemos ido cediendo «poder», no al móvil en sí como objeto (que también es importante porque hace tangibles nuestro deseos, miedos y necesidades), sino a las funciones que cumple en nuestra vida. Por tanto, vamos a rayarnos con algunas ideas que vertebran el hilo conductor entre la etapa adolescente y la presencia de las redes sociales en esta etapa de la vida.

Estar siempre presente

Algo muy característico de la etapa adolescente (y de todas las demás), es la necesidad de sentirse querido y que nos lo demuestren. Como parte de esto, hay una sensación de «no querer perderse nada», de formar parte de todo lo que pase en nuestro entorno. En la adolescencia, cada día es una prueba para demostrar que mereces ser querido/a» o en otras palabras, mostrar que eres guay todo el tiempo. Hay mucha presión por aparentar. Aparentar que eres una persona única y original y que además participas de todo lo que te rodea.

Las redes sociales conllevan una necesidad de respuesta inmediata, hay una demanda silenciosa de responder siempre al momento, de que si no publicas no existes, de que si no tienes seguidores no te quieren, o no eres suficientemente válido/a. Son mensajes que se perciben a susurros, que nadie te transmite con palabras, pero que en la cabeza de las personas suenan a gritos. «Hoy no has publicado»; «no te han metido en el grupo de wasap de planes del viernes»; «nadie ha mirado mi estado de wasap».

¿No será que hemos encerrado todas nuestras inseguridades, miedos y vacíos en una caja con pantalla?

¿No será que las redes sociales han evolucionado de una forma de relación a una manifestación de nuestra necesidad de aprobación? Es más, ¿esta necesidad de aprobación no se ha vuelto más exigente? ¿con menos tolerancia al tiempo de respuesta?

Los tiempos muertos

Decimos que usamos el móvil en los tiempos muertos: en un descanso o en un trayecto en el transporte público. Ya no hay tiempos de vacío mental. Lo que ocurre es que a medida que le hemos cedido espacios de tiempo, hemos ido creando «tiempos muertos artificiales» que podríamos llamar excusas o justificaciones que nos damos para su uso (esto en adicciones es muy común). Hacemos un descanso mientras estudiamos o trabajamos que se alarga más de lo normal. Revisamos una información que necesitamos y automáticamente saltamos a una notificación. Es decir, creamos la necesidad para mirar el móvil y después perdemos la noción del tiempo.

El comodín

¿Qué funciones tiene el móvil en nuestras vidas? Desde mi punto de vista TODAS. Y no porque sea un objeto tan completo que consigue cubrir todas nuestras necesidades sino porque hemos encerrado en él muchos de nuestros malestares, miedos e inseguridades. Le hemos dado el manejo de nuestras habilidades sociales para la vida. Esto implica que ante algunas situaciones difíciles, en lugar de desarrollar nuestras capacidades para abordarlo, agarramos el móvil con fuerza. Lo usamos cuando tenemos miedo por la calle o estamos incómod@s en una situación, como forma de adquirir seguridad. Lo usamos cuando estamos tristes para buscar algo de entretenimiento o bienestar. 

La comunicación

Poco a poco hemos vinculado nuestras rutinas al uso del móvil, lo hemos integrado en nuestra cotidianeidad. En el desayuno, en el baño, mientras vemos la televisión o incluso en el trabajo. Y lo interesante de todo esto es que lo hemos normalizado. Nos hemos acostumbrado a estar en el mismo lugar con alguien sin hablar ni mirarnos porque «ya no es incómodo», porque consultar el móvil silencia lo que no nos decimos. 

La presión de grupo llevada al máximo exponente

Lo he denominado presión de grupo aunque podríamos llamarle presión sin más. Una de las emociones más vinculadas a la adolescencia por la intensidad con la que se vive es la presión. Si lo pensamos es una etapa que subjetivamente se vive con mucha sensación de exigencia externa y poca sensación de independencia. Algunas presiones muy comunes son las relacionadas con el éxito académico, las expectativas de los progenitores, la apariencia física o estar a la altura del grupo de amistades. Lo que ocurre es que cuando metemos las redes sociales en la ecuación no hay descanso de estas presiones, te llegan en forma de notificaciones constantes. Y cada clic se puede convertir en un refuerzo de las exigencias percibidas. 

La soledad escondida

Quizá quien lo pensó no se dio cuenta de lo bien elegido que estaba el nombre: REDES SOCIALES. Y de esta denominación, haciendo una interpretación libre, se pueden extraer muchas conclusiones.

La imagen de un grupo de personas compartiendo espacio, pero no miradas, con las cabezas situadas ante sus móviles nos puede dar una pista de cómo entendemos las relaciones. Se podrían llamar «vínculos líquidos». La realidad es que todas las personas necesitamos relacionarnos y en una sociedad en la cantidad es más valorada que la calidad, consumimos relaciones que son finitas. Buscamos nuestra píldora de no sentirnos sol@s en relaciones que no son reales, pero al final del día la sensación de soledad aparece. Lo que ocurre es que si tengo 10.000 seguidores, puedo abordar mi día sintiéndome más querid@. De esta forma vamos escondiendo el sentimiento de soledad y lo canalizamos con el número de likes o followers, aunque este refuerzo dure muy poco, porque no es real.

Algunas consecuencias difíciles de asumir

En mis años de experiencia con adicciones y adolescencia, cuando hablábamos de drogas nos encontrábamos perfiles más disruptivos y en los que el consumo formaba parte de su estatus social. Desde la aparición de los patrones de uso adictivos de móvil, redes sociales o videojuegos, estamos asistiendo a la «democratización de las adicciones». De tal manera, que lo que los datos nos están diciendo es que la adicción está llegando a todos los perfiles, desde diferentes fuentes.

Al final, las adicciones no son más que una herramienta artificial creada para gestionar el malestar, para suplir la falta. Que hayamos normalizado un uso tan excesivo de los móviles o las redes sociales nos da un mensaje que no queremos escuchar. Quizá no estemos preparados como sociedad para asumir que no estamos atendiendo a nuestras necesidades emocionales, que este tipo de sociedad nos «enferma» y a la vez que nos da la píldora que calma el dolor momentáneamente.

Y termino con una teoría que he ido pensando a lo largo de los años: la adicción entendida como A-DICCIÓN, falta de dicción, falta de expresión de las emociones, de los vínculos, de la palabra sincera, afectuosa y sin prejuicios. 

Y vosotr@s rayad@s, ¿cómo lo veis?

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