El cajón desastre de las adicciones sin sustancia

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A raíz de la pandemia y el confinamiento, se han disparado las peticiones por uso abusivo de nuevas tecnologías en la adolescencia, principalmente videojuegos y uso de móvil, que interfieren en las actividades vitales de la persona.

Esto ha permitido explorar un campo, hasta ahora incipiente, pero del cual no teníamos la experiencia suficiente como para aportar una visión completa del fenómeno llamado «adicciones sin sustancia» o adicciones comportamentales.

Tras más de año y medio de una situación en la que nuestras actividades en el exterior y socializadoras se han visto restringidas o reducidas, se pueden observar algunos aspectos relevantes en cuanto a estas adicciones, relacionadas con la situación actual y la etapa adolescente. Porque lo cierto es que se suele simplificar el fenómeno con frases como «es que el niño o la niña está todo el día con el móvil» pero en una etapa tan particular como la adolescencia, quizá los usos de las TICs deben analizarse desde una perspectiva menos simple y más integradora.

¿Ha habido un aumento del uso de los dispositivos en la etapa adolescente o simplemente estas prácticas han salido a la luz debido a la situación actual? En cualquier caso, el debate está en la calle y los datos nos obligan, al menos a plantearnos qué funciones están cumpliendo estas prácticas en la adolescencia. Por ello, me atrevo a aportar lo que desde mi práctica profesional me parecen los ejes que vertebran las «adicciones sin sustancia» analizando los dos motivos de uso más comunes desde una perspectiva psicológica y social.

  • Sensación de calmar el malestar

De manera progresiva, le hemos ido dando a las TICs una función de regulación emocional. Se han convertido en nuestra primera opción para «desconectar», y de alguna manera, a través de las redes sociales o los videojuegos, conseguimos separarnos de las preocupaciones cotidianas.

Por otro lado, poco a poco las hemos ido convirtiendo en un mecanismo de defensa ante la sensación de fracaso. Imaginemos, que yo soy una persona adolescente a la que le cuesta encajar en mi clase, que además no obtengo buenos resultados en los estudios y tengo dificultades para comunicarme con los demás. Quizás he encontrado en un videojuego una habilidad, algo que se me da bien, y que me devuelve una sensación de capacidad y de éxito. Quizá los mensajes que estoy recibiendo en mi vida me dan una visión  de negativa de mi mismo/a: «No estudias lo suficiente»; «pasamos de quedar contigo el sábado» o «hijo/a estás todo el día en tu habitación y no haces ni la cama». Si en este contexto, encuentro un refugio emocional, es fácil que quiera dedicarle mi tiempo y buscar continuamente esa sensación de bienestar.

  • Paliar la sensación de soledad e incomprensión

Si por las características específicas de la etapa adolescente, estas son dos de las señas de identidad más representativas; en la situación actual, los sentimientos de «estar solo o sola» o «nadie me entiende» han cobrado una gran fuerza.

Lo que ocurre es que ha aparecido en nuestras vidas y al alcance de nuestra mano, una ventana al mundo en la que buscar personas que se parezcan a nosotros. Que compartan gustos, pensamientos y emociones. En este sentido, hablamos de una herramienta que nos permite la búsqueda de lo que yo entiendo dos necesidades básicas en la adolescencia: la pertenencia al grupo y la validación de emociones. Por tanto, sin negar que pueda existir un patrón de conducta adictiva, ¿cuánto hay de compulsión y cuanto de malestar emocional?

  • Encontrar un rol elegido y seguro

Históricamente las adicciones, al menos en los inicios del consumo, han cumplido una función socializadora y de pertenencia al grupo. No hay nada más adolescente que buscar un rol con el que identificarte, saber qué papel cumples entre tus iguales; en definitiva encontrar tu lugar en el mundo.

Las redes sociales y los videojuegos, nos permiten elegir un rol a la carta, un rol fabricado virtualmente, con una apariencia y una descripción de perfil que no dé lugar a interpretaciones, de tal manera que no hay riesgo de interpelación. Puedo ser quien yo quiera, buscando la aceptación, y sin el riesgo del juicio externo. Se me ocurre el ejemplo de un chico o chica al que se le da muy bien un videojuego y conforme va subiendo en niveles o categorías del juego, esto se va traduciendo en niveles de aceptación social virtual. Especifico lo de virtual con la intención de diferenciarlo de la realidad, pero lo cierto es que a efectos prácticos, para ellos y ellas cumple la misma función emocional. Y más en un mundo en el que la línea entre lo virtual y lo real está un poco borrosa.

 

¿Qué abordaje estamos haciendo los adultos?

Una vez analizada la visión más adolescente, vamos a pensar acerca de cómo percibimos estas cuestiones las personas adultas. 

Lo cierto es que cuando hablamos de sustancias, es fácil entender el proceso adictivo, aunque solo sea porque lo tenemos asociado al uso de una sustancia concreta, en otras palabras, a un objeto tangible; que además entendemos que es susceptible de generar una adicción a nivel físico.  En el caso de las TICs hay que excluir la parte física de la ecuación, lo cual, en el actual modelo biologicista del mundo, nos cuesta un poco.

Siempre que abordamos las adicciones, es menester plantearse causas y consecuencias, y si bien, las consecuencias del uso de sustancias son bien conocidas, en el caso de las TICs se mezclan unas con otras. La perspectiva más común hasta el momento (afortunadamente está cambiando) ha sido interpretar por ejemplo, que un chico adolescente obtiene malas notas porque le dedica mucho tiempo a las redes sociales. Pero ¿y si este supuesto aumento del uso es solo un síntoma? ¿Y si estamos desoyendo sus gritos de ayuda interpretándolos como una adicción a las nuevas tecnologías?

Desde mi experiencia profesional, una de las situaciones que me estoy encontrando, es que cuando comienzas a rascar detrás de lo que se ha entendido como adicción, hay situaciones de mayor envergadura a las que no se les está prestando atención. ¿Y si estamos escondiendo otros problemas detrás de un «diagnostico» (no me gusta esta palabra) de adicción? ¿Y si el uso de las TICs que se está haciendo en la adolescencia solo es la punta del iceberg?¿Y si los y las adolescentes de esta generación están sufriendo un gran malestar y tienen muy pocos espacios y herramientas para gestionarlo?

Quizá es hora de entender estas adicciones, no como una «enfermedad» o una causa de problemas asociados al uso, sino como un verdadero SÍNTOMA.

 

¿Qué nos estamos encontrando detrás de las adicciones sin sustancia?

En primer lugar voy a hacer una pequeña crítica a la percepción social de lo relativo a las adicciones sin sustancia. Nadie está viendo lo que hay debajo o nadie quiere verlo, porque entendemos que es mucho más simple tratar lo que interpretamos como un uso compulsivo del móvil que rascar lo que hay detrás y descubrir que hay sensación de soledad, desesperanza, falta de identificación con los demás, dificultades de socialización, falta de comprensión familiar, ausencia de espacios de acompañamiento emocional, y un largo etcétera que se nos está pasando de largo. 

Desde una perspectiva subjetiva, puedo afirmar que en el último año y medio observo situaciones emocionalmente más extremas en la adolescencia. Porque hay un malestar generalizado, agravado por la intensidad adolescente. Porque en los últimos tiempos, son más comunes las afirmaciones que aseveran:

que sus padres no les quieren,

que el mundo tal y como está configurado no les parece que tenga sentido,

que están cansados del juicio y la opinión externa  basada en las apariencias,

que son víctimas y verdugos del acoso en redes sociales,

que no hay algo que les interese tanto como para dedicarle tiempo,

que autolesionarse es lo único que les calma el malestar,

que no encuentran espacios donde ser escuchados y escuchadas.

Sinceramente, asusta. No quiero hacer afirmaciones alarmistas y mi intención no es culpabilizar ni exagerar, pero creo que tenemos que rayarnos de una manera más profunda sobre esto. Tenemos que dejar de aportar una visión simplista y abandonar este modelo explicativo que busca una única causa a algo que no va bien. Tenemos que mirar debajo, detrás y al lado de cada uso excesivo de móvil o videojuegos, porque quizá estamos mirando, a todas luces, un poco a oscuras.

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