Echando la vista atrás

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La adolescencia es esa época de la vida en la que las emociones te explotan, te consumen, te alivian y te ahogan.

Esa época en la que te sientes solo, incomprendido, invisible e impotente.

Todo esta por escribir y por contar, y nunca sabes qué va a pasar. La incertidumbre te persigue y juega un papel agobiante. Miedo. Miedo a lo desconocido y tu exposición ante los demás, pero también ganas. Ganas de cosas nuevas, de experiencias, de libertad.

Emociones contrapuestas. Sabes que te queda mucho por vivir pero que esta época es fugaz y si no vives ahora experiencias cuándo. Enfado, rabia, alegría e ilusión son emociones que puedes sentir al mismo tiempo con tal intensidad que es fácil que tengas ganas de gritar y llorar a la vez, pero, ¿dónde? ¿con quién? Porque eres único, incomprensible, complejo y eso te cierra en ti mismo.

Quieres sentirte querido pero sin que se te note, con aire de autosuficiencia, con cuidado de que nadie note tu fragilidad, por si acaso alguien se da cuenta de que tu piel es fina, que por ella se cuela el dolor y los prejuicios. Y te hacen daño.

Todo es difícil y te cuesta un esfuerzo: hablar con tus padres, el insti, elegir qué serás «de mayor». Todo conlleva una responsabilidad que sientes como última oportunidad. Y además te sientes solo, aunque tengas amigos, aunque hables con ellos cada día, pero no te dejas sentirlo, porque la soledad es la mayor amenaza para ti.

Ese banco en el parque, ese porro a medias escondidos, esa cerveza de marca barata. Todo eso también eres tú en la adolescencia, y construye quién serás. Ese es tu refugio, tu casa, tu desconexión. ¿Cómo hemos creado esta sociedad en la que no encuentras espacios libres para hablar? ¿Cómo las apariencias importan tanto? ¿Cuándo sentirse mal empezó a ser motivo de vergüenza?

Lo que se siente y no se procesa, se actúa, se tapa. Callamos la voz del malestar a golpe de tinto de verano, calada de porro y like de Instagram. Porque es fácil, barato. Nos acerca a lo que se espera de nosotros y además nos sentimos parte de algo, ¿qué más se puede pedir?

Creo que nos queda mucho por pensar acerca de cómo abordamos socialmente la adolescencia; de las expectativas que se crean, de las palabras que usamos y sobretodo, de cómo perciben nuestra mirada. Pensemos si estamos dispuestos a escuchar, a ofrecer oídos sin prejuicios y con empatía.

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