Adicciones adolescentes en la era Covid

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En el último año, se ha percibido un gran cambio en los servicios de prevención y atención a las adicciones que trabajan con población joven y adolescente.

El perfil medio de adolescente que acudía a estos servicios antes de la pandemia, era un chico de 16 años por consumo de cannabis con mayor o menor frecuencia. Tras el confinamiento y la vuelta a lo que llamamos nueva normalidad, observo que la realidad adolescente ha cambiado mucho. Por supuesto, sigue existiendo el consumo de cannabis en la adolescencia, y sigue siendo la atención más solicitada respecto a sustancias ilegales, pero el radio de actuación se ha ampliado y además, el estado emocional de los y las jóvenes también ha variado. Veamos algunos de los cambios, que desde mi prisma subjetivo me parece importante reflexionar:

Las peticiones de atención por la pérdida de control del uso de redes sociales se han disparado

Durante el tiempo de confinamiento las redes sociales se convirtieron en prácticamente nuestra única ventana al mundo. Desde entonces, hemos normalizado las videollamadas y se ha ampliado el impacto que estas tienen en la comunicación y la información. El problema es que una vez recuperada nuestra «nueva normalidad», hay patrones de uso que hemos adquirido y no hemos sido capaces de reajustar. El poder para generar adicción de algunas redes sociales reside en muchas causas, que ya analicé en otro artículo. Principalmente las personas adolescentes usan Instagram y TikTok, dos redes que desde una perspectiva de las adicciones tiene una característica en común digna de analizar: ambas funcionan sin apenas interacción de la persona que las usa; es decir, que yo comienzo a ver un video o un historia y no tengo que hacer absolutamente nada más. Por tanto, puedo estar horas con el teléfono delante de mis ojos sin tener que interactuar ni esforzarme. Por otro lado, a raíz del covid hemos aumentado mucho el tiempo que pasamos en nuestras casas. Antes, de alguna manera nuestro tiempo se organizaba en diferentes espacios: el deber y las obligaciones en casa y el ocio y tiempo libre, fuera. De repente nos hemos encontrado con más tiempo libre en casa y eso ha puesto de manifiesto, la carencia de pasiones e intereses que cultivamos. De esta manera, cuando un chico o chica acude para controlar el uso de redes sociales, le cuesta identificar en qué cosas puede ocupar su tiempo. Como si las redes nos hubieran sumido en una especie de anhedonia imperceptible, una dificultad para buscar e identificar lo que nos gusta y por tanto (me arriesgo a decir esto), quiénes somos y qué nos define.

Aumento de los casos visibles de adicción al uso de videojuegos

Siguiendo la línea de los usos excesivos de nuevas tecnologías, tras el periodo de confinamiento, se ha percibido un aumento de las peticiones de atención por uso excesivo de videojuegos. En este caso, las demandas han surgido más de los progenitores que de los propios adolescentes y además, hay una clara diferencia de género entre el perfil que pide apoyo por videojuegos (mayoritariamente chicos) que el que lo hace por pérdida de control de uso de las redes sociales (en su mayoría chicas). Estas diferencias pueden ser objeto de futuros artículos.

Una de las características comunes que observo en estos casos es que son chicos o chicas de menor edad, con aproximadamente 14-15 años, que quizá en el momento vital en el que iban a a comenzar a socializar, se encontraron con la pandemia, por lo que han hallado en los videojuegos su forma de vincular y compartir. Porque, en su gran mayoría, lo que hay de fondo, no es el videojuego en sí, sino el rol que se desempeña dentro de él, el status que se adquiere si tienes habilidades y le dedicas tiempo, y por tanto, unas características valorables en el mundo online, que quizá no son de tanta importancia en las relaciones sociales del mundo real. Teniendo esto en cuenta, habría que reflexionar acerca de si hay un patrón adictivo de uso de los videojuegos, o una necesidad de conectar con las personas, en una etapa, en la que formar parte de algo es casi de vital importancia.

Aclarar que además de los criterios diagnósticos del CIE 11 para describir la adicción a videojuegos, para mi hay dos pistas claras: cuando interfiere con diferentes áreas de la vida de la persona (sueño, alimentación, estudios o relaciones familiares y sociales) o cuando este uso genera malestar y culpa en la persona, porque ella misma se da cuenta de que ha perdido el control.

Consumo de alcohol y cannabis no tan frecuentes, pero sí de manera compulsiva

En general, los consumos más observados en la población adolescente eran, o bien consumo de alcohol los fines de semana asociado al ocio, o bien, consumo de cannabis con frecuencia diaria o de al menos 4-5 días a la semana. Esto tenía sentido dentro de las características de consumo de sustancias de la población española y seguía una coherencia con los datos que se venían observando en últimas encuestas.

A raíz del confinamiento en España, a partir de junio de 2020, se vuelve a poder salir con más o menos libertad y a reunirse de nuevo en los parques y lugares de ocio propios de la adolescencia. Es a partir de esta fecha, en la que se observa una recaída en el consumo (ya que la mayoría habían estado abstinentes durante la cuarentena) de una manera mucho más compulsiva. Menos días de consumo, pero concentrando mucho más la cantidad. De esta manera, una de las peticiones de apoyo más comunes tienen que ver con: «es que cuando bebo, lo hago sin poder parar». «Fumo porros solo un día del fin de semana pero me fumo todo lo tengo». ¿Qué hay detrás de esta forma de consumir? Quizá la sensación de una libertad prestada, de elevar a la máxima exponencia la idea de disfrutar del momento. Puede que el tiempo confinad@s nos haya hecho valorar los vínculos emocionales, y da mucho que pensar que en la adolescencia, estos vínculos muchas veces estén asociados al consumo de sustancias. Porque lo que quiero es disfrutar con mis amig@s y ¿qué significa para mi disfrutar? Consumir sustancias. Esta puede ser una de las explicaciones.

Como comentaba antes, uno de los aspectos que esta pandemia ha puesto de manifiesto, es nuestra falta de aficiones, pasiones e intereses fuera de las pantallas y el consumo de sustancias (por supuesto no en todos los casos). Si ya en general, en la etapa adolescente cuesta encontrar una manera alternativa de ocupar el tiempo libre, la pandemia lo ha puesto más difícil.

Diferentes manifestaciones adolescentes de malestar emocional

Durante esta crisis mundial, a nivel social se han tenido claras las consecuencias económicas y laborales que están viviendo. Si bien, tenemos también claro, que la salud mental de las personas ha sufrido un duro golpe, quizá no se han tenido en cuenta las especificidades de la etapa adolescente. Por supuesto, las redes se han lanzado a criticar las concentraciones de personas (no solo jóvenes) tras el fin del estado de alarma; pero poco he leído de las consecuencias a nivel emocional en esta etapa tan clave y delicada.

Lo cierto, es que en general los chicos y chicas han vivido encerrados en una etapa en que la libertad y el grupo de iguales es el centro de la vida, fuente de construcción de la personalidad y condiciones básicas para la construcción de la autoestima. Además, las herramientas para la gestión de la situación que se poseen en este momento vital no son ni parecidas en la edad adulta. La consecuencia de esto, es un estado de malestar emocional general. Hay una falta de expectativas, cierta desmotivación frente al futuro y por tanto, respecto a los estudios. En general, hay muchas personas adolescentes que se sienten tristes sin ni siquiera identificar el por qué. Se observa además, como ya he comentado, un refugio en lo tecnológico, con los riesgos que conlleva. Y por último, un aumento en las autolesiones como forma de gestionar este malestar.

Toda esta situación nos lleva a reflexionar de nuevo sobre algo que ya se ha hablado en otros artículos, ¿cómo gestionamos el malestar a nivel social? Y sobretodo, si mostrar las emociones negativas ya está mal visto en general, ¿cómo creéis que esto se percibe en concreto en la adolescencia? Si sumamos este malestar a la sensación de incomprensión propia de la adolescencia, nos encontramos un cocktel de emociones no comprendidas y además no expresadas… Y lo que no se dice, se siente y se actúa. Porque la sensación de soledad ha aumentado, porque el malestar se ha hecho más grande, pero los escasos espacios para expresar todo esto, siguen siendo los mismos: insuficientes.

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